Devocional

Fe emocional

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«Porque por fe andamos, no por vista.»
2 Corintios 5:7

 
A través de estos años he descubierto que hay una fe «emocional» y una fe «real». La fe «emocional» se desprende de las circunstancias que me toca vivir. Como su nombre lo indica, está basada en sentimientos, y como todo ser humano estos son volubles y dependen de muchísimos factores externos.

Por ejemplo, alguien va a una reunión donde un predicador haciendo uso de sus dotes motivacionales logra que los oyentes experimenten el «supuesto» poder de Dios. Digamos que le puso la mano encima, y la persona «sintió» una corriente en todo su cuerpo.  La fe de esa persona llega hasta el cielo porque «sintió» algo. Fe emocional.

Al día siguiente, se levanta, creyendo que su fe es invencible. Pero al llegar al trabajo, se encuentra con su carta de despido.  Voltea los ojos a Dios, y exclama: «Dios, ¿qué pasó? ¿Dónde estás? ¿Por qué permites que me suceda esto?» Y cae en «depresión» espiritual, empieza a dudar del poder de Dios y es incapaz de descansar en las manos de Dios. Preocupaciones, falta de sueño, miedos y temores. Y a esto añádale el «buen consejo» de algún hermano que le dice que «seguro tiene pecado oculto».

Otro día amanece en el horizonte, recibe una llamada inesperada donde le ofrecen un nuevo puesto de trabajo. La lágrimas corren por sus ojos, de rodillas cae al suelo y exclama: «¡Oh Dios perdóname por no haber creído en ti. Perdóname por haber dudado de tu amor. Gracias Padre!»

Esto le dura, un corto tiempo, hasta que algún problema aparezca, y así como la montaña rusa, sube y baja, de la misma forma la fe «emocional», es un carrusel de sentimientos,  donde un día me creo con la fe capaz de conquistar al mundo, y al día siguiente dudo hasta de mi salvación.

La fe «emocional» es una fe equivocada, porque no está fundamentada en Dios.  Dios no cambia, no varía. Su amor es real, y su misericordia es eterna. Su gracia no disminuye. No depende de lo que hago o no hago, no depende de cómo me siento, no depende de «experiencias emotivas», sino que está fundamentada en un Dios inmutable, invariable y eterno.

Cuando pongo mi fe en el Señor, y no en mis sentimientos, aprendo a vivir por encima de las circunstancias. Puedo decir: «Hoy todo me va bien, y se que Dios está en cuidado de mi.» Pero quizás otros día tenga que decir: «Hoy todo me va mal, y sin embargo se que mi Dios vive, y sigue cuidándome porque su amor por mi no varía, y su misericordia nunca se termina».

Cuando Lucy y yo nos casamos, no teníamos casi nada. Fuimos comprando nuestras cositas poco a poco, pero la pasábamos bien. No teníamos dinero para restaurantes de lujo, pero disfrutamos del pequeño restaurante chino de la esquina de la casa. Nuestro auto era viejito, pero con el nos íbamos a la playa, y de campamento. Lo importante era estar juntos.

Así es la fe real. No depende de las circunstancias, sino de la comunión con nuestro maravilloso Padre celestial. Solo saber que su «misericordia es eterna», a pesar de mis errores, me hace alegrar el corazón. La fe «real» no necesita sentir nada, porque cree en un Dios que cumple sus promesas.

Cada vez que le digo al Señor: «Quiero sentirte»… le estoy diciendo: «No tengo fe en ti, no creo en tu palabra, no creo en tus promesas, por eso haz que mi cuerpo sienta algo para así poder creer.»

Yo no quiero esa fe «emocional». Quiera la fe «real», aquella que aunque no vea, no escuche, no sienta, sin embargo es capaz de creer en La Palabra de Dios y en Sus promesas.
 
Dios les bendiga.
 
Autor: Ps. Carl Hardmeier
Fecha: 21.09.2017


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