Reflexión

Hoy es el día, no mañana

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«Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, Y dices: Convertíos, hijos de los hombres.» Salmo 90:3

A veces no entendemos los golpes inesperados de la vida. La pérdida de un hijo, creo que es el mayor dolor que un padre o una madre puede sufrir.
 
Hace un par de años, un joven de 17 años,  hijo de una familia peruano-suiza de nuestros alrededores, salió con unas amigas a pasear y tomar algo. Sorpresivamente comenzó a comportarse extrañamente. Mostraba síntomas como si le hubiesen colocado alguna droga en la bebida.
 
Este muchacho, deportista, y conocido por sus amigos como «sano y buena persona, que jamás lo vieron borracho y que nunca usaba drogas»,  tuvo un ataque de miedo y ansiedad. Llamó a uno de sus amigos desesperado para que lo vinieran a recoger. Su mejor amigo, que se encontraba cerca, corrió a su encuentro, y cuando llegó ya era demasiado tarde. El joven preso de una psicosis, había saltado a los rieles del tren y corría diciendo: «Quiero ir a casa, quiero ir a casa». Pocos minutos después el tren lo arrolló.
 
Una muerte súbita es un golpe tremendo. Quizás cuando alguien padece una enfermedad prolongada, los familiares se van haciendo la idea y aceptan con resignación el hecho de la muerte. Pero ¿Qué hacer en un caso como este? Tenemos un sentimiento de impotencia, rabia, dolor, pena.
Quisiéramos volver unos días atrás e impedir una muerte tan absurda.

Pero la pregunta de siempre es: ¿Porqué Dios permitió algo así? ¿Qué de bueno puede haber en una muerte de este tipo?

Naturalmente nunca podremos entender los planes de Dios, y menos comprender porque permite que pasen estas cosas, pero al escuchar esta noticia, aquel día, mi corazón reaccionó de tres maneras.

Primero: Mis antenas paternales se pusieron a 100 buscando localizar a mis hijos y saber que estaban bien. Les relaté la historia a los dos, y les puse sobre aviso para que tengan muchísimo cuidado. No importa cuantos años tengan, cuide de sus hijos. Algunos padres que se creen «modernos» sueltan a sus hijos y se desentienden de ellos, en especial en esta cultura europea.  

Segundo: A pesar del dolor de la pérdida, recordemos que nadie tiene la vida comprada. Que una muerte súbita puede ocurrirle a cualquiera, y que algo así no te dará tiempo de arrepentirte de tus pecados y convertirte al Señor.  Es una necedad postergar tu encuentro con Cristo. Solo un tonto desperdicia la oportunidad de su salvación, diciendo: «Todavía no, mas adelante», porque mañana puede ser tarde.

Una muerte súbita nos grita en la cara: «En tiempo aceptable te he oído, Y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.» (2 Cor. 6:2)

Por eso, y aunque sea duro, Dios permite este tipo de muertes, para hacernos reaccionar, para indicarnos con luces rojas de peligro, que «Hoy es el día de salvación, conviértanse de sus caminos, y busquen a Dios.»

Tercero: Todo esto es también una llamada de atención a los cristianos, que dejaron que predicar a Jesucristo y que no se preocupan de sus amigos o familiares inconversos. ¿Qué estamos haciendo por la salvación de las almas, especialmente de los que nos rodean?

«Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, Y dices: Convertíos, hijos de los hombres.»
 
Dios les bendiga
 
Autor: Ps. Carl Hardmeier
Fecha: 03.08.17


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